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En esta publicación adjunto el prólogo de mi último ensayo además de la tabla de contenidos y el capítulo 10 sobre los lobbies.
Capítulo 1- El poder: definición y formas de adquisición
Capítulo 2- El concepto de legitimidad
Capítulo 3- Corrupción
Capítulo 4- La ley y la legitimidad
Capítulo 5- La utopía del Estado de Derecho y la naturaleza humana
Capítulo 6. La guerra cognitiva
Capítulo 7. El imperialismo
Capítulo 8. Los servicios de inteligencia: poder opaco y riesgos de corrupción
Capítulo 9: El poder de las religiones institucionalizadas
Capítulo 10: Los lobbies
Capítulo 11: El poder de las potencias externas
Capítulo 12: Las bases biológicas del poder y los límites evolutivos de la democracia legítima
Conclusión General
BIBLIOGRAFÍA
Prólogo
Aclaración conceptual previa
Todo análisis riguroso sobre el poder y la corrupción requiere, como punto de partida, una aclaración de los conceptos fundamentales que se van a utilizar. Sin esta precisión previa, resulta difícil evitar generalizaciones o juicios morales poco fundamentados. Por esta razón, antes de entrar en el desarrollo del argumento, es necesario delimitar algunos términos clave.
El poder al que se refiere este ensayo es el poder social, entendido como la capacidad de un actor (individual o colectivo) de condicionar, influir o imponer de forma significativa el comportamiento, las decisiones o las circunstancias de otros actores en un contexto de interacción social, incluso cuando ese comportamiento contraviene sus preferencias iniciales. Este poder se ejerce en un marco de rivalidad, ya que distintos actores compiten por controlar recursos, posiciones o reglas que afectan la distribución de costes y beneficios en la vida colectiva.
Los fines del poder no son siempre idénticos. En algunos casos se persiguen victorias estratégicas concretas (control territorial, acceso a recursos o eliminación de rivales). En otros, el objetivo es más amplio: mantener o ampliar la propia capacidad de influir sobre las decisiones colectivas a lo largo del tiempo. Comprender esta diversidad de fines es necesario para analizar con precisión los mecanismos mediante los cuales el poder se adquiere, se ejerce y, eventualmente, se corrompe.
Otro concepto fundamental es el de legitimidad. Un poder puede ser efectivo sin ser legítimo, y puede ser legítimo sin ser plenamente efectivo. La legitimidad no se reduce a la legalidad formal ni a la mera aceptación social en un momento determinado. Su análisis requiere distinguir entre legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio, así como entre sus distintas fuentes.
El término legitimidad es uno de los conceptos más importantes y debatidos en el análisis del poder. Una de las aportaciones más influyentes sigue siendo la de Max Weber, quien distinguió tres tipos puros de dominación legítima: la tradicional, la carismática y la racional-legal. Otra tradición fundamental sostiene que la legitimidad del poder político descansa en el consentimiento de los gobernados, idea expresada con claridad en la Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776.
Sin embargo, el consentimiento de los gobernados solo puede considerarse fuente de legitimidad cuando no ha sido obtenido mediante engaño sistemático y cuando el poder resultante no favorece de manera clara y persistente a unos pocos en perjuicio de la mayoría. Si los gobernados consienten un poder alcanzado mediante mentiras y que opera de forma sistemática en beneficio de una minoría a costa del interés general, nos encontramos ante una forma de corrupción. La corrupción, entendida como el uso del poder para obtener beneficios privados a expensas del interés general, es incompatible con la legitimidad sustantiva del poder.
Por esta razón, en este ensayo se adoptará la siguiente definición de trabajo:
La legitimidad se entiende como el grado en que el ejercicio del poder es percibido como justificado por aquellos sobre quienes se ejerce, ya sea por su origen, por sus procedimientos, por sus resultados o por su conformidad con normas compartidas. Esta legitimidad no es un atributo estático, sino una cualidad de relación dinámica que influye directamente en la estabilidad del poder y en los riesgos de corrupción.
Igualmente importante es precisar qué se entiende por corrupción. En este ensayo, la corrupción no se limita a la malversación de fondos públicos ni a conductas delictivas tipificadas. Se entiende como el uso del poder —público o privado— para obtener beneficios privados a expensas del interés general o de las reglas que deberían regir su ejercicio. Existen diferentes tipos de corrupción (menor, grave, sistémica), así como distintos niveles de riesgo según las condiciones institucionales, culturales y estructurales en las que opera el poder. Estos aspectos serán tratados con mayor profundidad en capítulos posteriores.
Finalmente, es necesario tener presente que la corrupción no es un fenómeno aleatorio ni exclusivamente moral. Existen riesgos reales de que el poder derive en comportamientos corruptos, y estos riesgos están influidos por factores como la concentración de poder, la falta de rendición de cuentas, la opacidad informativa, los incentivos perversos y la debilidad de las normas sociales que castigan el abuso. Identificar estos factores con claridad es uno de los objetivos centrales de este trabajo.
El presente ensayo parte de la convicción de que para comprender el fenómeno de la corrupción es necesario, en primer lugar, entender la lógica del poder y los mecanismos mediante los cuales se adquiere, se mantiene y se ejerce. Solo desde esta base conceptual es posible analizar con rigor cuándo y por qué el poder tiende a corromperse, y bajo qué condiciones puede mantenerse relativamente alejado de ese riesgo.
Este ensayo se distingue de otros trabajos sobre el poder y la corrupción en varios aspectos. En primer lugar, parte de una aclaración conceptual explícita de los términos fundamentales antes de entrar en el análisis. En segundo lugar, examina de forma sistemática las distintas modalidades mediante las cuales se adquiere y se mantiene el poder —desde la guerra cinética tradicional hasta las formas contemporáneas de guerra híbrida, de información, cognitiva, económica y regulatoria—, entendidas todas ellas como mecanismos de una misma rivalidad por el control. En tercer lugar, establece una conexión directa entre legitimidad y corrupción. Aunque el concepto de legitimidad es relativo, en este ensayo se considera legítimo únicamente aquel poder que es aceptado por los gobernados por considerarlo razonable, y no el que se impone mediante la fuerza o mediante métodos como la mentira, la manipulación o la coacción sistemática. Desde esta perspectiva, un poder obtenido o ejercido de forma corrupta no puede considerarse legítimo.
El objetivo del trabajo no es realizar un juicio moral sobre la corrupción, sino analizar los mecanismos que la hacen posible o probable, así como las condiciones bajo las cuales el poder puede mantenerse alejado de ella.
CAPÍTULO 10
10.1. Concepto y definición
Un lobby (o grupo de presión, cabildeo) consiste en la actividad organizada y profesional mediante la cual actores privados —empresas, asociaciones sectoriales, consultoras o grupos de interés— buscan influir de manera sistemática en las decisiones de los poderes públicos (legislativas, regulatorias o administrativas) con el objetivo de defender o promover sus intereses particulares, ya sean económicos, sectoriales o ideológicos.
Esta definición operativa destaca dos elementos centrales:
Desde la perspectiva adoptada en este ensayo, el lobby presenta una tensión estructural con principios democráticos fundamentales, particularmente con la igualdad ante la ley y la orientación de la acción pública hacia el interés general. Al permitir que actores con mayor capacidad organizativa, económica o relacional ejerzan una influencia desproporcionada sobre quienes toman decisiones que afectan a toda la colectividad, el lobby introduce, por su propia lógica, una desigualdad de facto en el acceso al poder decisorio. No todos los ciudadanos ni todos los grupos poseen los mismos medios para “hacerse oír” con la misma eficacia.
Esta influencia sistemática choca frontalmente con la idea de que la Administración y el legislador deben actuar de forma imparcial, guiados exclusivamente por el bien común. Cuando un lobby logra que una norma, una subvención, una regulación o una política pública se incline hacia un interés privado —aunque se presente envuelto en argumentos técnicos o de “interés general”—, se produce una desviación de la acción pública que beneficia a unos pocos a costa de la colectividad. En este sentido, el lobby no es solo un mecanismo de participación, sino una forma institucionalizada de competencia desigual por el control de las reglas que distribuyen costes y beneficios en la sociedad.
Formas de influencia
En definitiva, más allá de las definiciones neutras que lo presentan como un mero “puente” entre sociedad y poder, en este ensayo se entiende el lobby como una manifestación contemporánea de la dinámica del poder: la capacidad de ciertos actores de condicionar las reglas del juego colectivo en su propio beneficio. Esta actividad revela una de las vías principales por las cuales el poder privado penetra y moldea el poder público, generando riesgos sistemáticos de captura y erosión de la legitimidad democrática.
10.2. Historia y evolución
El origen moderno del lobby se remonta al siglo XIX en Estados Unidos, donde el término comenzó a popularizarse en los vestíbulos de los hoteles y edificios parlamentarios de Washington. Durante la “Era Dorada”, grandes corporaciones ferroviarias, bancarias e industriales ejercieron una influencia descarada sobre legisladores, comprando votos y financiando campañas. Esta etapa marcó el nacimiento del lobby como actividad profesional al servicio del gran capital.
En el siglo XX, el fenómeno se sofisticó y se internacionalizó. Un caso paradigmático es el de la ITT (International Telephone and Telegraph), una de las mayores multinacionales estadounidenses de telecomunicaciones. Durante las décadas de 1960 y 1970, ITT no solo ejerció un lobby intenso en Washington para proteger sus intereses en América Latina, sino que participó activamente en operaciones políticas encubiertas. La empresa destinó millones de dólares a presionar al gobierno estadounidense para evitar la nacionalización de sus filiales en Chile. Según documentos desclasificados, ITT colaboró con la CIA y sectores políticos chilenos opositores al gobierno de Salvador Allende, contribuyendo financieramente a desestabilizar el régimen democrático con el fin de proteger sus inversiones. Este caso ilustra cómo el lobby corporativo puede trascender la mera influencia legislativa para convertirse en intervención política directa a escala internacional.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el modelo estadounidense se expandió hacia Europa y otras regiones. La globalización económica, la creación de la Unión Europea y las olas de desregulación de los años 80 y 90 multiplicaron los puntos de decisión y profesionalizaron aún más la actividad. Surgieron despachos especializados, think tanks y estrategias integradas de influencia que combinaban presión directa, financiación de campañas, control de narrativas mediáticas y “puertas giratorias”.
En el siglo XXI, el lobby ha alcanzado una escala y sofisticación inéditas. Las grandes corporaciones tecnológicas, financieras y energéticas operan simultáneamente en múltiples jurisdicciones, influyendo en organismos supranacionales (Comisión Europea, OMS, FMI) y utilizando herramientas digitales para moldear la opinión pública. Las “puertas giratorias” se han normalizado, y la distinción entre lobby legítimo y captura del Estado se ha difuminado en muchos casos.
En España, la evolución ha sido más opaca. Históricamente, la influencia se canalizó a través de redes personales, la Iglesia y grandes grupos económicos. La reforma de 1998 que facilitó las inmatriculaciones masivas de bienes eclesiásticos y las modificaciones en la legislación hipotecaria y del suelo son ejemplos claros de cómo lobbies poderosos consiguieron cambios normativos altamente favorables en momentos de mayorías estables.
En definitiva, lo que empezó como presión puntual en pasillos parlamentarios se ha convertido en una industria global sofisticada, capaz de condicionar no solo leyes concretas, sino agendas políticas enteras y, en casos extremos, la estabilidad de gobiernos. Esta trayectoria histórica muestra la progresiva concentración de poder en manos de actores privados transnacionales.
10.3. Características principales
El lobby contemporáneo se distingue por un conjunto de rasgos estructurales que lo convierten en uno de los mecanismos más eficaces de ejercicio del poder privado sobre el poder público.
Organización, profesionalización y opacidad
En primer lugar, el lobby es una actividad altamente organizada y profesionalizada. Ya no depende de contactos ocasionales o aficionados: cuenta con despachos especializados, consultoras de asuntos públicos, abogados, ex altos cargos y equipos multidisciplinares que combinan conocimiento jurídico, político, económico y comunicativo. Esta profesionalización permite una acción continua, estratégica y adaptada a cada contexto normativo.
En segundo lugar, la opacidad es una de sus características más persistentes. Aunque en países como Estados Unidos existe una obligación de registro (Lobbying Disclosure Act), en gran parte de Europa —y especialmente en España— la actividad sigue desarrollándose en gran medida en la sombra. La falta de un registro obligatorio, transparente y con sanciones reales permite que muchas operaciones de influencia queden fuera del escrutinio público. Esta opacidad no es accidental: constituye una condición de eficacia. Cuanto menos visible es la presión, mayor es su capacidad de condicionar decisiones sin generar rechazo social.
Técnicas de influencia
El repertorio de técnicas de los lobbies es amplio y sofisticado. Entre las principales destacan:
Estas técnicas no operan de forma aislada, sino como parte de una estrategia integrada. Un lobby eficaz combina acceso directo al poder con capacidad para condicionar el entorno informativo y cultural en el que se toman las decisiones.
En conjunto, estas características convierten al lobby en un actor capaz de transformar intereses privados en políticas públicas con una eficacia que rara vez logran los ciudadanos comunes. Su profesionalización y opacidad explican en gran medida por qué, en muchas democracias, la acción pública tiende sistemáticamente a favorecer a los actores mejor organizados y con mayor capacidad económica, en detrimento del interés general y del principio de igualdad ante la ley.
10.4. Poder real de influencia en los Estados
Más allá de su organización y técnicas, lo que define al lobby es su capacidad real de condicionar el ejercicio del poder estatal. Este poder se manifiesta principalmente a través de dos fenómenos estrechamente relacionados: la captura regulatoria y la captura legislativa.
La captura regulatoria ocurre cuando los reguladores o agencias públicas terminan defendiendo los intereses de las industrias que deberían supervisar, en lugar del interés público. Esto sucede por una combinación de factores: puertas giratorias, presión constante, asimetría de información (las empresas poseen datos técnicos que el regulador no tiene) y la amenaza implícita de que las empresas puedan trasladar sus inversiones o generar problemas económicos si se regulan con rigor.
La captura legislativa es aún más grave: consiste en la capacidad de influir directamente en la elaboración, modificación o bloqueo de leyes. En este caso, el lobby no solo busca favores puntuales, sino que moldea las reglas estructurales del juego económico y social.
Ejemplos en diferentes países
En todos estos contextos, el resultado común es la erosión progresiva de la soberanía popular: las decisiones que afectan a millones de personas (impuestos, regulaciones laborales, sanitarias, ambientales o financieras) se toman cada vez más en función del poder de presión de grupos organizados con recursos desproporcionados, en lugar de responder a un genuino interés general.
Esta capacidad real de influencia revela que el lobby no es un simple actor más en el pluralismo democrático, sino un mecanismo que introduce una desigualdad estructural ante la ley. Mientras el ciudadano común tiene un voto cada cuatro años y una voz limitada, ciertos actores privados disponen de acceso permanente, recursos ilimitados y capacidad para reescribir las reglas a su medida.
10.5. Poder real de influencia en la sociedad
El poder de los lobbies no se limita a los pasillos institucionales. Su influencia más profunda y peligrosa radica en su capacidad para moldear la sociedad misma: condicionar lo que la gente piensa, qué problemas se consideran prioritarios y qué soluciones se perciben como posibles o deseables.
Moldeado de la opinión pública
Los lobbies contemporáneos invierten cantidades ingentes de recursos en ingeniería del consentimiento. No se conforman con influir directamente sobre el político; buscan crear un entorno social y cultural favorable a sus intereses. Para ello emplean estrategias sofisticadas:
De este modo, lo que en realidad es un interés particular (por ejemplo, mantener subsidios a combustibles fósiles, evitar regulaciones estrictas al sector financiero o retrasar la transición ecológica) se presenta como una necesidad económica, un peligro para el empleo o una amenaza a la libertad individual.
Control de narrativas y agendas políticas
Esta capacidad de moldear narrativas permite a los lobbies ejercer un control indirecto pero muy efectivo sobre las agendas políticas. Consiguen que ciertos temas desaparezcan del debate público mientras otros se imponen con urgencia. Ejemplos habituales son:
En este sentido, los lobbies actúan como verdaderos guardianes de ciertas ideas dominantes. A través de think tanks, universidades, influencers y medios afines, construyen un marco interpretativo que hace que alternativas políticas más equitativas parezcan inviables, radicales o utópicas.
En España y en muchos países de América Latina, esta influencia social es especialmente visible en el debate sobre temas como la vivienda, la energía, la sanidad o la fiscalidad. Narrativas como “hay que facilitar el crédito para que la economía crezca”, “las regulaciones ahuyentan la inversión” o “los privilegios de ciertas instituciones son parte de nuestra tradición” han sido promovidas durante décadas por lobbies poderosos, logrando calar profundamente en el sentido común de amplios sectores de la población.
El resultado es una despolitización selectiva de cuestiones que afectan al interés general: lo que debería ser objeto de deliberación democrática se convierte en “técnico”, “inevitable” o “demasiado complejo” para el ciudadano común. Mientras tanto, los lobbies mantienen un acceso privilegiado al poder real.
Esta capacidad de influir sobre la sociedad completa el círculo de la captura: controlan la opinión pública → condicionan las agendas políticas → influyen en las decisiones legislativas y regulatorias → obtienen beneficios privados que refuerzan su poder para seguir moldeando la opinión. Se trata de un mecanismo autorreforzante que erosiona, desde dentro, la legitimidad democrática.
10.6. Relación con otros poderes fácticos
Los lobbies económicos no operan de forma aislada. Su poder se multiplica cuando se entrelazan con otros poderes fácticos: grandes corporaciones, iglesias institucionalizadas, servicios de inteligencia y fuerzas armadas. Estas redes cruzadas de poder generan un sistema de influencia mutuamente reforzado.
La relación más evidente es con las grandes corporaciones. Muchos lobbies no son más que la cara visible de intereses empresariales concentrados (banca, energía, farmacéutica, tecnología o agroindustria). Actúan como sus brazos especializados en influencia política.
Otro vínculo relevante es con iglesias institucionalizadas, especialmente la Iglesia Católica en países de tradición católica como España y gran parte de América Latina. Como se vio con las inmatriculaciones de 1998, esta institución ha mantenido una notable capacidad de influencia sobre legisladores y gobiernos para preservar o ampliar privilegios económicos, fiscales y simbólicos.
Los servicios de inteligencia y las fuerzas armadas también mantienen conexiones menos visibles pero significativas. En algunos casos, lobbies de la industria armamentística o de seguridad influyen en presupuestos militares y políticas exteriores. En contextos más oscuros, han existido colaboraciones históricas entre servicios de inteligencia y empresas transnacionales (como en el caso ITT en Chile).
Estas redes cruzadas (económicas + religiosas + militares + de inteligencia) crean un entramado de poder que trasciende las instituciones democráticas formales. Se apoyan mutuamente: el lobby económico proporciona financiación y legitimidad técnica, mientras los otros poderes aportan influencia simbólica, coerción legítima o información privilegiada. El resultado es una estructura de poder híbrida, difícil de fiscalizar y que reduce aún más el margen real de la soberanía popular.
10.7. Riesgos para la legitimidad democrática y la corrupción
La actividad de los lobbies genera riesgos profundos para la legitimidad democrática y constituye una de las principales vías contemporáneas de corrupción sistémica.
En primer lugar, supone una erosión de la soberanía popular. Cuando las decisiones clave sobre impuestos, regulaciones, gasto público o políticas estructurales son fuertemente condicionadas por intereses privados organizados, el principio de que el poder emana del pueblo y se ejerce en su beneficio queda gravemente comprometido.
En segundo lugar, genera una desigualdad flagrante ante la ley. Mientras el ciudadano común enfrenta barreras para acceder al poder decisorio, los actores mejor financiados y organizados disponen de canales privilegiados de influencia. Esto contradice el principio básico de igualdad democrática.
En tercer lugar, facilita la captura del Estado, entendida como la subordinación progresiva de las instituciones públicas a intereses particulares. Cuando esto ocurre de forma sistemática, la corrupción deja de ser un fenómeno puntual (un funcionario corrupto) para convertirse en un problema estructural.
Medidas adoptadas por los Estados y sus limitaciones
Frente a estos riesgos, diversos países han intentado establecer controles:
Sin embargo, estas medidas suelen ser insuficientes y tardías. En muchos casos, la propia regulación ha sido influida por los lobbies que pretendía controlar. La opacidad persiste, los registros son parciales, las sanciones débiles y las puertas giratorias encuentran formas creativas de eludir las restricciones. En países como España, la ausencia de una ley integral y efectiva agrava el problema.
En conclusión, los intentos regulatorios demuestran que el problema del lobby no se resuelve fácilmente con reformas técnicas: toca directamente la distribución real del poder en las sociedades contemporáneas.
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La censura no protege. Impone.
En las sociedades actuales, pequeñas minorías activistas y grupos puritanos imponen sus valores morales al resto de la sociedad de forma antidemocrática, utilizando la censura, los algoritmos y la presión social como herramientas de control.
Este ensayo revela los orígenes históricos y antropológicos de este mecanismo ilegítimo de poder, desmonta su hipocresía estructural, denuncia el doble rasero con el que censura el arte y la libertad mientras encubre abusos reales, y muestra cómo se sostiene gracias a la pasividad y complicidad colectiva.
Desde el principio del daño de John Stuart Mill, el autor defiende la necesidad urgente de recuperar la libertad cultural frente a esta tiranía moral de las minorías.
Una muestra del doble rasero de la censura es que Plataformas digitales como Instagram aplican filtros automáticos que censuran obras clásicas —la Venus de Willendorf, cuadros de Rubens, esculturas antiguas o incluso pinturas del siglo XX como las de Imogen Cunningham— mientras que aprueban y distribuyen miles de anuncios pornográficos explícitos (más de 3.300 solo en 2024) a través de su sistema de publicidad pagada, generando millones de impresiones (AI Forensics, 2025; New Scientist, 2025).
Prólogo de este ensayo:
La mayoría de las personas, si se les preguntara directamente, rechazaría la censura. Dirían, con toda sinceridad, que están en contra de que alguien les diga qué pueden ver, leer, decir o crear. Sin embargo, esa misma mayoría acepta hoy, día tras día, que se censuren imágenes, palabras, obras de arte, opiniones o chistes sin apenas protestar. Molesta, sí. Fastidia, también. Pero se calla.
Este es el primer y más eficaz triunfo del mecanismo de control: consigue que sus víctimas colaboren en su propio silenciamiento.
La censura contemporánea no llega casi nunca con tanques ni con leyes explícitas aprobadas por referéndum. Se impone de forma silenciosa, fragmentada y aparentemente razonable: “por el bien de los más vulnerables”, “para evitar ofensas”, “para proteger la democracia”. Se presenta como un acto de cuidado moral cuando, en realidad, es un acto de poder ilegítimo.
Porque ese es el punto central que casi nadie quiere ver: la censura se impone sin la aprobación de la mayoría. Nadie votó por ella. Nadie firmó un contrato social que autorizara a grupos de presión, empresas tecnológicas o instituciones morales a decidir qué es aceptable y qué debe desaparecer. Y sin embargo, ahí está, operando a diario, moldeando lo que podemos expresar y, por tanto, lo que podemos pensar.
Este libro parte de esa contradicción incómoda: la gente sabe que la censura le molesta, pero no termina de entender que es, por naturaleza, antidemocrática. No es un detalle técnico ni un exceso puntual. Es un mecanismo de poder que funciona precisamente porque se oculta detrás de buenas intenciones y porque sus víctimas, cansadas o distraídas, terminan normalizándolo.
A lo largo de estas páginas exploraremos los orígenes históricos y antropológicos de ese impulso censor, la sociología de los grupos que lo impulsan hoy, sus hipocresías más flagrantes y las consecuencias profundas que tiene sobre la libertad, el arte y la propia democracia.
No se trata de defender lo indefendible ni de negar que ciertas expresiones puedan ser hirientes. Se trata de algo más básico y radical: recuperar la conciencia de que ningún poder tiene derecho legítimo a decidir por todos lo que todos podemos ver, decir o imaginar.
Porque cuando permitimos que otros censuren en nuestro nombre, aunque sea “solo un poco” y “por una buena causa”, estamos renunciando a algo mucho más grande que una imagen o una palabra: estamos renunciando a la posibilidad misma de ser ciudadanos libres.

Notificacion de Meta por el que rechazan el anuncio de mi ensayo sobre la censura.
Un ejemplo de como miembros del Opus Dei se embolsan dinero público a costa de sacrificar vidas humanas. El descaro con el que el responsable de la tragedia del YAK-42, el opusino Federico Trillo, mintió para ocultar lo hechos, su impunidad y la impotencia de los familiares de las víctimas ante un personaje siniestro que utiliza el Estado como su propiedad, es una muestra del poder real que tiene el Opus Dei en España. La tragedia del YAK-42 demuestra que la división de poderes en España no existe. La razón es que tanto el poder ejecutivo, legislativo y judicial están infectados por socios del Opus Dei que usan el poder del Estado en beneficio propio en detrimento del interés general.
Familiares de las víctimas del Yak-42 piden la imputación de Trillo por homicidio (Pinchar enlace)
Documental que evidencia mediante la consulta de expertos las irregularidades que se observan en la tragedia del YAK-42:
Información sobre el dinero desaparecido por cada vuelo de transporte de tropas:
DINERO DESAPARECIDO EN LA TRAGEDIA DEL YAK-42
Preguntas que el gobierno del PP no respondió e intentó ocultar:
PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE LA TRAGEDIA DEL YAK-42
A pesar de reconocer el Consejo de Estado la culpabilidad del Ministerio de Defensa en la tragedia del YAK-42, su máximo responsable, el opusino Federico Trillo, sigue con total impunidad sobre su responsabilidad de tantas muertes.
Sobre el opusino Federico Trillo se recomienda leer este breve curriculum:
FEDERICO TRILLO FIGUEROA : UN GENOVÉS DE MISA, PECADO DIARIO Y REPICANDO
Las palabras subrayadas son enlaces a fuentes de información. Pinchar los textos subrayados para acceder a los sitios web de referencia.
La política trata fundamentalmente de las relaciones de poder de los individuos en una sociedad, y el imperialismo es una forma de imponer los intereses de unos individuos sobre otros a nivel internacional.
Aunque la palabra terrorismo tiene muchas acepciones dependiendo del contexto en que se use, todas las acepciones de esta palabra tienen en común que se refieren al uso sistemático del terror para conseguir los objetivos de quienes lo promueven. Obviamente el terror es causado por actos de violencia que puede ser física o psíquica.
Una vez aclarados someramente estos tres conceptos, vamos a abordar el caso concreto de la relación entre imperialismo, terrorismo y política, cuando el terror se ejerce por parte de individuos que tienen poder en la administración de un Estado que pretende dominar a otros. Cuando un individuo o grupo de individuos intentan imponer sus intereses en la sociedad por medio del terror, y lo hacen desde una posición de la administración del Estado, estamos ante una situación especial de terrorismo en política, concretamente si los objetivos perseguidos por medio del terror pretenden mantener en el poder a organizaciones criminales de forma duradera. Las razones de uso del terror son, entre otras, eludir las repercusiones legales de los actos de los individuos implicados en política que pudiesen acarrear penas de prisión. Así se consigue que los ciudadanos tengan miedo de actuar libremente y se coacciona a las sociedades parasitadas por el imperialismo, porque temen las represalias de criminales en la administración del Estado que amenazan sistemáticamente la integridad de quienes se oponen a sus intereses. Esta es la principal diferencia con otros tipos de terrorismo que, sin pretender un control del Estado, tienen otros objetivos como extorsionar gobiernos para conseguir dinero, llamar la atención para una causa, etc.
El terror es una sensación de miedo intenso que experimenta una persona ante una amenaza seria que no necesariamente debe suponer un daño físico, como la exposición a artefactos explosivos, armas de cualquier tipo, etc. sino que también puede ser una amenaza a la integridad, como por ejemplo penas de cárcel, acosos sistemáticos, pérdida de empleo, etc.
Algunos ejemplos los tenemos en España con el Opus Dei, una secta, lobby y organización criminal que opera con total impunidad gracias a la actuación de sus socios en el Poder Judicial, Ministerio Fiscal, Fuerzas Armadas, Administración del Estado, Bancos, etc. y que por medio de su partido político el PP se ha mantenido en el poder legislativo, llegando incluso a imponer leyes ilícitas como la Ley Mordaza, a pesar de haberse demostrado que es una organización criminal. La mejor prueba del terror que impone a la sociedad esta secta para conseguir su impunidad permanente, es el silencio de los medios informativos sobre el Opus Dei a pesar del grave perjuicio que ha causado y sigue causando en España.
En mi opinión, no es correcto llamar terrorismo de Estado al terrorismo ejercido por miembros de organizaciones criminales que usurpan puestos en el Estado, porque en tal caso es el Estado la primera víctima de estas organizaciones que buscan el poder del Estado para, lucrarse, delinquir con impunidad y castigar con apariencias de legalidad (Montesquieu) a sus oponentes. Pero con frecuencia se confunde al Estado con los delincuentes que usan el poder del Estado con fines ilícitos. Es importante comprender la diferencia y en especial cuando se trata de un Estado de Derecho, porque si el Estado de Derecho es un poder que controla una sociedad (incluidos los que administran los poderes del Estado) por medio de unas normas (leyes) los que administran el Estado serían castigados por el Estado si no fuesen fieles a las leyes. Pero esto no ocurre si los responsables de administrar el poder del Estado pertenecen a organizaciones criminales.
A nivel internacional podemos ver como ejemplo el terrorismo que han ejercido los lobbies que controlan el poder en Washington en países como Irak, Vietnam, Chile, etc. y como se ha usado el terror sistemáticamente con quienes se han atrevido a denunciarlos como ha ocurrido con Julian Assange, quien sin ser víctima de agresiones físicas ha sido víctima de una situación de violencia psíquica extrema durante años. El periodista Gary Webb y otros tantos ejemplos dan una idea de como el terror y asesinatos selectivos (Olof Palme, Carrero Blanco, Salvador Allende, etc.) han causado esa depuración en los medios informativos y políticos occidentales por la cual se condena a los opositores a Washington (Rusia, Irán, China, etc.) pero no cuestiona los graves crímenes cometidos sistemáticamente por esas organizaciones terroristas que dirigen la OTAN. Las llamadas “revoluciones de color” son operaciones terroristas gravísimas que en el mejor de los casos provocan sangrientas caídas de gobiernos, y en el peor de los casos provocan guerras que paga la población civil con matanzas de inocentes o con forzosos exilios para eludir la muerte. Pero los medios occidentales no cuestionan estas prácticas, sino que las presentan como una reacción del pueblo que lucha por la “libertad”.
Definitivamente, el terrorismo es un medio que ayuda a mantener en el poder político de occidente a políticos sumisos a los intereses del imperialismo de Washington y la mejor prueba de esto es que los gobiernos occidentales, especialmente los europeos, sacrifican los intereses de las sociedades a las que supuestamente representan en beneficio de las mafias que controlan EE.UU. Por esta razón la sociedad es víctima de organizaciones terroristas que utilizan el poder del Estado para aterrorizar a los ciudadanos que cuestionan sus actos, y mediante el control de los medios de comunicación se permite demonizar a sus opositores para así justificar con “apariencias de legalidad” sus castigos. No deja de sorprender que los terroristas utilicen para justificar su violencia palabras como libertad, democracia y justicia.
Yugoslavia es uno de tantos ejemplos de qué significa el terror causado por el imperialismo:

Göran Lindberg es un jurista sueco que tuvo importantes cargos en la policía como jefe de policía, rector de academia de policía nacional sueca (1989–1997) y jefe superior de policía de toda la provincia de Uppsala (1997–2006).
A causa de las numerosas denuncias de ciudadanos por el maltrato que recibían de la policía, la Fiscalía le llamó la atención a la autoridad policial y esto animó a G. Lindberg a tomar la iniciativa de un proyecto para capacitar a la policía en el trato con los ciudadanos. En 2003 el proyecto se materializó en la enseñanza de todo el personal de policía en materia de competencia en el trato con la ciudadanía. También fue responsable del proyecto de la Unión Europea Genderforce para aumentar la igualdad de género entre otras cosas.
Es evidente que la lucha de Göran Lindberg le proporcionó muchos enemigos. Cuando fue condenado entre otros delitos por violación y comprar sexo, lo único que él reconoció haber hecho es haber comprado sexo, pero nada más. Además, se le acusó de pedofilia, pero no se le condenó por esto a falta de pruebas, pero el daño quedó ahí. Fueron las conmovedoras declaraciones de las presuntas víctimas las pruebas de peso que le condenaron. En Suecia es un delito comprar sexo desde 1999.
Por poner un ejemplo de una víctima: Se trata de una chica que supuestamente fue violada en una habitación en una sala de conferencias en la localidad de Täby. Según la sentencia, la chica fue sometida durante un periodo largo de tiempo a sádica violencia sexual. Cuesta creer que en una sala de conferencias donde suele haber empleados y gente, pudiese ser torturada y violada una mujer sin que nadie avisase a la policía inmediatamente. De esta forma habría que aceptar que una chica pudiese ser víctima de tan crueles tratos sin dar un solo grito, cuando lo que cabe esperar como razonable es aceptar que alarmase a toda la comunidad a causa de prolongados y despavoridos gritos de dolor. Esta situación me es familiar porque yo mismo he sufrido las consecuencias de falsos testimonios cuando fui acusado de haber asustado a dos muchachos mucho más altos que yo, los cuales afirmaban que yo estaba tan borracho que casi no podía andar para continuar afirmando que arrastré a uno de ellos, que debería de pesar casi 100 kilos, unos 10 metros. Aunque el testimonio de las presuntas “víctimas” era inverosímil, los jueces, que eran políticos municipales, me condenaron. El denominador común que encuentro entre Lindberg y mi persona, es que ambos luchábamos contra graves delitos de violación mediante denuncias que lógicamente podían incomodar bastante a los responsables, gente muy peligrosa acostumbrada a delinquir impunemente gracias a usurpar instituciones del Estado.
Con esto dejo la duda de si Göran Lindberg era un horrible pervertido o un héroe víctima de un complot. En ese último caso, todo encajaría con las circunstancias del asesinato de la ministra sueca Anna Lindh o que la policía culpase del magnicidio de Olof Palme a un inocente según los testigos presenciales del crimen. Lo que parece estar claro, es que la prensa en general no le dio la más mínima oportunidad de dar credibilidad a sus negaciones de los hechos que se le imputaban, aunque no negaba el haber comprado sexo, un hecho que implica un acuerdo entre las partes y que no es delito en la mayoría de los países europeos, estando incluso regulado en países como Alemania, Holanda, Suiza, Grecia, etc. lo que permite a las trabajadoras sexuales cotizar en la seguridad Social.
Antes de detenerlo lo estaban investigando por violaciones y compra de sexo, pero no hay forma de saber si esta investigación era fruto de las enemistades que se ganó en el cuerpo de policía y entre políticos o, si realmente se trató de una investigación honesta ante un sádico pervertido que disfrutaba torturando mujeres.
¿QUÉ ES EL ACOSO ORGANIZADO?
Es una forma de acoso derivada de los programas de represión social sin encarcelamiento ni enjuiciamiento COINTELPRO (del FBI en EE.UU. entre 1956 a 1971) y Zersetzung (empleado durante los años 70 y 80 por la Stasi en la antigua Alemania comunista y otros países del bloque soviético) en el que un grupo de personas vagamente asociadas que, de una manera organizada y sistemática, invaden todos los ámbitos de la vida de una persona buscando siempre la negación plausible.

Buscando la negación plausible se usan contra la víctima técnicas de guerra psicológica de forma metódica y sistemática para destruir completamente su credibilidad haciéndola parecer una enferma mental o mentirosa si ésta intenta comunicar lo que ocurre, amordazándola así psicológica, anímica, social, laboral y económicamente para que sea incapaz de defenderse eficazmente y consiguientemente poder prolongar el acoso durante toda su vida.
Se busca la destrucción de la víctima con falsos diagnósticos psiquiátricos, llevarla a caer en actitudes antisociales, tenderle trampas con montajes para poder encarcelarla o encerrarla en un psiquiátrico, que termine en la indigencia y/o se suicide.
Se cree que las víctimas son incluidas en listas negras, posiblemente ficheros policiales ilegales como los que relataban los miembros de la Guardia Civil que reclamaban derechos sindicales en los años 80 y 90.
MOTIVOS PARA CONVERTIRSE EN VÍCTIMA:
Los motivos para convertirse en víctima de acoso organizado suelen estar relacionados con la destrucción de su credibilidad o la venganza por haber entrado en conflicto con instituciones o personas relacionadas con el poder económico, político o social como pueden ser periodistas, activistas o testigos de delitos cometidos por dichas personas o instituciones.
Muchas víctimas desconocen por completo la motivación de su acoso y se especula con la posibilidad de que puedan ser simplemente parte de experimentos de métodos de tortura.
Otras personas se convierten en víctimas por servir de apoyo a otras víctimas o por el simple hecho de conocer lo que realmente les ocurre.
CAMPAÑA DE ODIO/CALUMNIA/DESPRESTIGIO CONTRA LA VÍCTIMA:
Se inicia una campaña de desprestigio mucho tiempo antes de que la víctima sea realmente acosada. Los acosadores retuercen y fabrican la realidad a través de dicha campaña, mostrando mentiras que pintan a la víctima como: pederasta, una persona con secretos oscuros ocultos, una persona altamente inestable que puede ser una amenaza para la sociedad, una prostituta, un drogadicto, acosador, maltratador, ladrón, terrorista, etc.
Se busca una degradación sistemática de la reputación, la imagen y el prestigio de la víctima en base a explotar rasgos personales y a información verdadera, verificable y desacreditadora junto con información falsa, creíble, irrefutable y, por lo tanto, también desacreditadora de tal forma que sus allegados o aquellos con los que entre en contacto sean incapaces de diferenciar la realidad de la mentira.
La campaña de desprestigio establece el escenario para que la víctima se aísle en casi todos los entornos de trabajo-social-familiar, una vez que comienza el acoso real. La campaña de difamación es fundamental para eliminar todos los recursos y medios de defensa de la víctima, antes de que comience el acoso real. Se lleva a cabo una ingeniería sistemática de fallas sociales y profesionales para socavar la autoconfianza de la víctima generándole dudas sobre perspectivas futuras.
Las personas cercanas a la familia, familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo comienzan a ser “reclutados” por los acosadores, quienes se presentan como agentes de la ley, investigadores privados o grupos de ciudadanos afectados/preocupados previo estudio de sus personalidades y de las relaciones que mantienen con la víctima para adaptar el cómo, el cuándo y qué detalles de la campaña se les comunica y/o cómo se les coacciona. A otros les llegan rumores a través del boca a boca o de redes sociales.

Según la declaración a la televisión sueca de dos testigos presenciales del asesinato de Olof Palme, Leif Ljungqvist y Hans Johansson, el presunto homicida al que se le atribuye la muerte del líder socialdemócrata sueco es inocente. Ambos coinciden que el acusado, Stig Engström, no estaba en el lugar en el momento del crimen y que llegó más tarde, además la descripción física del acusado no coincide en absoluto con la del autor del disparo que acabó con la vida del primer ministro sueco. Los testigos también muestran su decepción por la forma sospechosa de reaccionar de la policía que acudió al lugar, la cual parecía desinteresada en perseguir al verdadero culpable según la impresión de quienes vivieron aquellos momentos.
La versión oficial que circula en los principales medios de comunicación, ha sido muy criticada por la falta de transparencia y la cantidad de irregularidades que, en opinión de muchos, han obstruido las investigaciones y la búsqueda de la verdad.
Los ciudadanos de Estocolmo han mostrado su decepción por el archivo definitivo de las investigaciones sobre el magnicidio de Olof Palme, llegando a calificar el proceso como un fiasco.
Aunque el magnicidio se realizó en la época de la Operación Cóndor y posteriores sucesos como el asesinato de la Ministra sueca de asuntos exteriores, Anna Lindh, y las falsas acusaciones contra Julian Assange que tuvieron lugar gracias a una sospechosa actuación por parte de ciertos miembros de la policía sueca, no se ha tomado en cuenta al parecer, en las investigaciones, la posible intervención de EEUU en estas horribles tragedias.
Imagen: Olof Palme en una manifestación contra la guerra de Vietnam.

Parece como si la izquierda española estuviese manipulada o tuviese miedo de la verdad. La verdad es que se habla mucho de fascismo cuando en realidad se refieren a sicarios neoliberales del imperialismo de EEUU.
Los golpes de Estado, privatizaciones, neoliberalismo, etc. actuales son cosa de EEUU y sus socios, y no de Franco que murió hace muchos años. El franquismo tiene dos etapas claramente distintas: La primera fascista pro-Alemania nazi con una ideología de defensa de la patria, y la segunda, a partir de los años 60, opusina pro-EEUU neoliberal con una ideología más bien de «venta de la patria» como ha demostrado el bipartidismo diseñado por el Opus Dei, PP-PSOE, en sus alternantes gobiernos. No obstante los sicarios de EEUU tuvieron que esperar a que muriese Franco para empezar a vender España a las multinacionales extranjeras haciendo negocio personal con total impunidad.
Pablo Iglesias se lo dijo a los sicarios neoliberales: “Ustedes ni siquiera son fascistas, son simplemente parásitos”
No olvidar que la Operación Cóndor, orquestada por la CIA, donde fueron asesinados sistemáticamente cientos de miles de intelectuales y simpatizantes de izquierda, tuvo como militares activos a miembros del Opus Dei los cuales no eran en absoluto fascistas, sino sicarios del imperialismo americano.
La transición, el Rey, los gobiernos del Opus fueron orquestados por la CIA y la CIA no es fascista, es solo una organización criminal con un inmenso poder que asesina sistemáticamente para asegurar los intereses de las grandes corporaciones. Esos del Opus sacando banderas en la calle se ríen de todos al hacer creer que son franquistas «patriotas» cuando en realidad se trata de sicarios de corporaciones extranjeras.
Parece que hay interés en ocultar esto, que España está sufriendo las consecuencias de la deuda impagable a causa de los sicarios del imperialismo americano. Es muy sospechoso que en el Ministerio de Justicia haya tanto interés en la «Memoria Histórica» pero ningún interés en recuperar las inmensas fortunas estafadas y robadas por los ladrones neoliberales que, a sabiendas, han permitido la esclavitud de la deuda impagable a las generaciones venideras a costa de llenarse los bolsillos ilícitamente.
Solo bastaría un juez para exigir responsabilidad criminal tanto a los que han vendido empresas públicas rentables como a los que las han comprado, en calidad de presuntos autores, de participación o complicidad de diversos delitos como administración desleal de los bienes públicos, de malversación de bienes públicos, prevaricación, de tráfico de influencias, de cohecho, etc. Teniendo en cuenta la ilegalidad de las operaciones financieras en perjuicio del interés público, se podría contemplar la devolución de los bienes públicos estafados y una indemnización por los daños ocasionados durante décadas a tantas familias.
Para garantizar su impunidad, parte del diseño consiste en el control del Poder Judicial de forma que se politiza la judicatura la cual persigue mediante calumnias y acusaciones falsas a quienes se atreven a plantarles cara, y buen ejemplo de esto lo tenemos con Rafael Correa, Evo Morales, etc. que han sido falsamente acusados y perseguidos por jueces que defienden los intereses de EEUU en su propio país.

Friedrich Nietzsche escribió en su obra Así habló Zaratustra un ensayo sobre “la cordura respecto a los hombres”. En este ensayo cargado de ironía y mordacidad exponía brillantemente la diferencia entre la vanidad y el orgullo. Son conceptos que para muchos son sinónimos, pero merece la pena precisar ambos conceptos para comprender que en realidad se trata de dos conceptos opuestos, y muchos reconocerán que gran parte de los males que sufrimos en política se podrían evitar si los ciudadanos tuviesen más clara la diferencia, porque de esta forma se podrían alentar los valores positivos y despreciar los valores negativos que perjudican a una sociedad honesta que se defiende contra la corrupción.
Según Nietzsche la vanidad necesita de espectadores y se alimenta de alabanzas y mentiras. Lo importante son las apariencias y la madre de todas las tragedias es la vanidad ofendida. Así, la vanidad no es más que el amor a una falsa imagen de sí mismo, que se infla a base de mentiras y que triunfa entre quienes tienen gusto por las apariencias. Dentro de quienes cultivan esta virtud, podemos encontrar todo tipo de personajes “ilustres” en la sociedad. Desde los que pretenden prevalecer como escritores gracias a rimbombancias pedantes que desfiguran el posible mensaje que quisieran transmitir, pasando por los “trepas” en la administración, ejército, Poder Judicial, etc. hasta llegar a la “cumbre” de la política donde los “representantes” del interés público consiguen dudosos títulos universitarios y hasta honores que contrastan con su mediocridad en sus respectivas actuaciones. Así se explica que la mentira sea tolerada sistemáticamente en la política española sin causar ninguna dimisión.
El orgullo en cambio desprecia la mentira. Una persona orgullosa se ama a sí misma por lo que es gracias a superarse mediante esfuerzo, y se ofende ante adulaciones y falsas alabanzas. Si se ofende un orgullo, entonces puede nacer algo mejor en la persona ofendida estimulando un espíritu de superación, porque amarse a sí mismo significa que tú eres lo que tú consigues por tu valía, y no aceptas ser lo que dicen que eres, o lo que un cargo conseguido de forma deshonesta hace creer que eres ante los demás.
Si realmente tuviésemos una sociedad orgullosa, no se permitiría esa impresentable casta política que desde generaciones asola el país con impunidad. Al no diferenciar entre vanidad y orgullo, algo tan legítimo y deseable como es el orgullo se desprecia socialmente como un defecto imperdonable. Creo que tendríamos una sociedad mucho mejor y más sana, si todos intentásemos tener más orgullo y menos vanidad.
Imagen: El payaso comprensivo de Ramón Martínez